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Impronta

20 mar 2026 – 09:00 CET

En la vida me gustó el fútbol ni me interesaron lo más mínimo las actitudes que observaba en el patio del colegio, en la urbanización donde veraneábamos o en los parques cercanos a la casa familiar. Hubo hace un par de años una historia, sin embargo, que me llamó la atención: hablo de Pablo Páez Gavira (Gavi), jugador joven del FC Barcelona que pasó toda su infancia en la Masia —la escuela de preparación— y consiguió fichar por el primer equipo. Una vez estrenado en lo más alto, sufrió una lesión que le obligó a parar y calmar su carácter, sus ganas, su intensidad. En un documental que se publicó sobre su recuperación (Gavi: El Regreso), me conmovió cómo hablaba del «club de su vida», en el que quiere «pasar toda su carrera».

Imagen del partido en que se reincorporó el futbolista, el domingo pasado. Fuente: web del FC Barcelona

Para una persona como él, jugar en el club en el que ha crecido es un orgullo enorme, profesional y personal. No se quiere imaginar una vida fuera de la que es su casa y, si por alguna razón tuviese que dejarla, siempre tendría la sensación de cierta orfandad. Además, siente una cierta deuda porque en sus filas fue muy feliz de pequeño, vive con pasión cada entrenamiento, cada partido, cada competición y anima a los seguidores a defender su camiseta en cada convocatoria. Es como se manifiesta en cada entrevista, donde casi siempre aparece una idea: la de «devolverle» al equipo catalán «todo lo que le ha dado».

Todas esas reflexiones revelan algo muy humano: el DLE la define como la «marca o huella que, en el orden moral, deja una cosa en otra», que es la que tiene Gavi grabada por su club. Observé una identificación con lo que siempre me ha sucedido con mi instituto, el IES Camp de Morvedre, el lugar del que siempre me ha enorgullecido formar parte. Me alegra, como al futbolista, cada buena noticia que le suceda al centro y me preocupa si se le presenta algún problema. También sentí, como en una noche mágica de Champions, una sensación de felicidad la primera vez que me vi dando clase en un aula del sitio que tantas alegrías me había dado. Al estar fuera temporalmente, me despertó esta idea el comentario de un compañero la otra mañana. «Ay, tu Morvedre», dijo simplemente, como si hubiese advertido después de tantas conversaciones juntos la existencia de una impronta. Força Barça.

Una aspiración

13 mar 2026 – 08:00 CET

Es curioso observar cómo hemos perdido las buenas costumbres, sobre todo si estaban arraigadas en nuestra historia. Hasta hace algún tiempo, cuando una persona decidía casarse con otra, aunque la decisión estuviese tomada, sometía a sus ex y al elegido a una conversación de quince minutos con su padre. Por allí pasaban uno tras otro. Al final, el cabeza de familia se sentaba en el sofá y, con solemnidad, designaba al que todos esperaban, es decir, a aquel que aparecía desde hacía un mes en el sobre de las invitaciones de boda. Todos aplaudían la decisión y, de esa forma, se cerraba la ronda de consultas.

No ha dejado de sorprenderme cómo, en las universidades, nadie se alarmaba por que ninguna mujer pudiera ocupar el cargo de rectora. Tras el cese del último rector de turno, se producía una reunión de todos los claustrales que, votación tras votación —eligiendo entre todos, sin que nadie se postulase abiertamente— terminaban nombrando al más inesperado como nuevo jefe supremo. Además, le obligaban a dejar su nombre de pila y a fijar en cuestión de minutos aquel por el que se le conocería a partir de ahora (Vicente III, José Luis V). Qué forma de terminar un largo cónclave.

Sin embargo, sigue habiendo hoy en día una actividad que no ha pasado de moda y sobrevive a tantas reformas legislativas. Es consustancial a quien dirige el Ministerio de Justicia y consiste en dar fe de los hechos de mayor relevancia e impacto social. Fue el caso de Dolores Delgado, que tuvo que constatar que era el cuerpo de Franco el que se estaba exhumando de Cuelgamuros. Y, aunque no lo fue, debería haber sido el de Félix Bolaños, que podría haber certificado que los papeles del 23-F eran realmente los que se publicaron. Parece que estamos en tiempos de incertidumbre y va a hacer falta alguien que dé seguridad y, sobre todo, compruebe que los hechos que suceden son como se cuentan. Así que desde el día en que lo escuché lo tuve claro: no quiero ser profesor, ni periodista, ni abogado; yo también quiero ser Notario Mayor del Reino.


Cuando uno llega al andén

09 mar 2026 – 00:00 CET

Una revista que se lanza hoy al mundo, donde las redes funcionan como una trituradora, es una aventura temeraria

Jaume Tortosa, filólogo, escritor, crítico literario, estrena su columna en Andén con un saludo a los lectores y un avance de su primer artículo, que se publicará en el primer número. Será una de nuestras firmas habituales

Cuando a uno le invitan a participar en un proyecto que acaba de nacer, la primera tentación es decir que no. El riesgo impone respeto. Una revista que se lanza hoy al mundo es una aventura tan temeraria como entrar en una jaula llena de felinos inquietos.

La exposición pública ha cambiado. No hace tanto, exponerse significaba enfrentarse al juicio de un tipo concreto de lector. En el peor de los casos, llegaba una carta al director señalando tal o cual desacuerdo. Hoy el escenario es otro. Las redes sociales funcionan como una trituradora: no tienen piedad con el matiz ni con el pensamiento heterodoxo. El alma —si es que alguna vez importó— quedó atrás.

Por eso creo que la pertinencia de un artículo sobre Escuela de mandarines es hoy más actual que nunca. El libro es un grito contra la ortodoxia, contra la uniformidad del pensamiento y contra la asfixiante tiranía de los biempensantes. Una obra extraordinaria, hiperbólica y excesiva. En definitiva, todo lo que incomoda a quien cree que la verdad cabe en un tuit, en un pensamiento vacío o en un eslogan ingenioso generado por una inteligencia artificial.

Al fin y al cabo, hay riesgos que, lejos de ahogarte, te obligan a respirar a pleno pulmón. Y quizá —como escribió Albert Camus— «la verdadera generosidad para con el porvenir consiste en entregarlo todo al presente».

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